De Victor Munguia
La Colmena es una larga avenida que comienza en la Plaza Dos de Mayo y termina en el Parque Universitario, las calles que la atraviesan representan lo que es el país : desde el pueblo trabajador presente en la conglomerada Plaza San Martin hasta los aposentos del Hotel Bolivar, el Crillón y el Club Nacional, antiguo bastión de la plutocracia peruana.
Todos llegamos a La Colmena, y distintas épocas la han presentado con variado aspecto sin abandonar ese encanto sutil que no está en las cosas ni los edificios sino en el embrujo que la Ciudad de los Reyes mantiene hasta hoy.
En los setentas los libros marxistas hacian su debut en las veredas y la literatura en papel burdo pretendía poner la cultura al alcance del pueblo de la mano de vendedores ambulantes, algunas veces tan ilustrados y autodidactas que se enfrascaban en largos coloquios con sus compradores.
La invasión de gente de mal vivir en los noventas y la tendencia a mudar el Perú hacia Miraflores no ha tocado en absoluto a La Colmena, que guarda con recelo ese mundo de neón, cines e intelectualidad izquierdista que lucha sin cuartel por no abandonar esta larga avenida en que muchos hemos crecido.
Aquí me encuentro ahora, cerca al jirón de La Unión, anhelante de hallar esa Lima que amo, busco el Bar Zela, el Munich, Belén, saludo al General San Martin, me dirijo hacia el Parque Universitario, y ahi frente a La Casona Sanmarquina me detengo a recordar. Van a ser las diez de la mañana, y la ciudad me ignora en su rutina.
Estaba totalmente sumerjido en las memorias de otros dias en esta mi patria, cuando alguien me sustrajo de mis recuerdos, abrió los brazos, esbozó una sonrisa, y lo reconoci, es cierto, pero no pude precisar su nombre.
En cambio,Capablanca, pronunciaba mi apellido, feliz de verme. Nos abrazamos efusivamente, después le hize muchas preguntas, del colegio,del país, y terminamos hablando de la guerra popular, Mao, Rolando, Gonzalo y Pol Pot. Capablanca iniciaba el tema y mirándome, pensativo,repetía sin cansancio, carajo así hablaba Zarathustra !
Yo nunca me río de la muerte, le aseguraba parafraseando al gran Javier Heraud ex profeso, y él se apresuraba a citar el nombre del poeta, era evidente que queria demostrarme que habia cambiado, que ya no era el peor de la clase, el que los profesores agarraban para demostrar lo que sucedia con los que no estudiaban.
Ahora si lo ubicaba, era el 44, Saldivar, uno de mis grandes camaradas de colegio, alegres por este encuentro fortuito, caminamos por La Colmena alejándonos del Parque Universitario y La Casona.
Dejamos el área de los vendedores de literatura marxista en paperback, y entramos a la zona del ajedrez, donde una regular cantidad de personas esperaban turno de juego.
En pocos minutos habrá una simultánea, quédate, me propuso. Solo un poco, porque la verdad no soy muy aficionado, le contesté al mismo tiempo que un tipo de cabello desordenado, le avisaba : Capablanca, el maestro Zúmary llega en cualquier momento con los periodistas.
Traté de aclararme a mi mismo que iba a producirse aquí, el nombre de Miguel Zúmary era conocido por sus grandes actuaciones en torneos europeos que le habian valido el rango de gran maestro internacional y mi amigo iba a ser uno de sus antagonistas.
Me quedé, conforme a lo prometido, y mientras el 44, convertido en Capablanca, se disponía a tomar su lugar, me di cuenta que llevaba en sus manos un libro de José Raúl Capablanca y un cuaderno de apuntes que puso cerca al tablero, en un banquito.
Los ushers estaban culminando sus labores y ya el “loco” Zumary estaba alli con los reporteros trás su famosa presencia. Observaba ausente y solo distrajo un momento la mirada en Capablanca para intimidarlo con su fama de genio.
Mi ex compañero de colegio, que seguia siendo aquel muchacho humilde que siempre conoci, sin saber que hacer, se puso las manos en los bolsillos esperando el inicio de la partida mientras Zúmary, vestido elegantemente, con terno azul, camisa blanca y bufanda vino tinto con el emblema del “partido aprista” estrechaba uno por uno, a su turno,la mano del rival y hacia el primer movimiento porque por derecho tenia las blancas.
Capablanca era el único que anotaba sus jugadas, y con esfuerzo lei lo que tenia apuntado e5,nc6,nf6…no registraba los movimientos de su contrincante ?, me pregunté.
El juego avanzaba y el Gran Maestro Internacional iba deshaciéndose uno a uno de sus oponentes que, resignados, pasaban a espectar las otras partidas, hasta que al final solo quedó Capablanca.
La gran cantidad de espectadores del duelo entró en delirio el instante en que vimos al Loco Zúmary tirar el tablero y salir molesto. Capablanca quiso seguirlo para increparle su conducta pero la nube de reporteros y la cantidad de admiradores del gran maestro internacional se lo impidió.
A Malambito escuché vociferar al grupo, y caminé en medio de los ajedrecistas callejeros que celebraban su primera “gran victoria” sobre las élites, a duras penas me acerqué a mi amigo y lo felicité por su triunfo. Entonces, me dijo: nada, no fue nada, vamos a tomarnos unas chelas.
Capablanca estaba orgulloso y triste, crei que era otra clase de persona, pero asi son todos, se lamentaba. Si, asi son todos, repeti, sin reirme, porque nunca me rio de las derrotas ni de los triunfos de los seres humanos, me dije a mi mismo por millonésima vez, en La Colmena, escenario de los encantos y desencantos del peruano joven con ilusiones que un día fui.
