Relatos

Primavera roja

De Victor Munguía

A ella la inventaron los poetas de mi generación, por lo general, tipos solitarios, sin enamoradas ni amantes, que gustaban de construir frases, y que por exajerar se declararon rebeldes, reemplazaron la Biblia por El Capital, negaron a Diós y dijeron que Marx era el Creador y Lenin su Apóstol.

La compañera ideal era, según estos agoreros del futuro y anunciantes de la sociedad de nuevo tipo, una muchacha liberada, con ideas propias, usaba lentes que denotaban su intelectualidad, no era gorda, ni tenia cuerpo espectacular, vestia jeans y ropa casual.

Con esa descripción, todos los progresistas nos entregamos a la tarde de buscar una mujer parecida a la susodicha, y pocos la encontramos en una tierra donde las intelectuales escasean y las obesas abundan.

Por fin, una mañana de esas en que calienta el sol, mientras iba a comprar El Comercio para leer los editoriales y la página deportiva,conocí a Natalia en el mismo lugar que yo frecuentaba desde que llegué a Paris, porque alli vendian todos los diarios del mundo.

Me miró, hizo un mohin, atraida por mi camiseta con el retrato del Ché, y sin esforzarse me preguntó vous êtes péruvien ?. …si, le contesté sin mayores comentarios.

Luego de pedir el periódico peruano, sentí que me observaba, donde vivís ?, ahora me hablaba en español. Je vis dans le quart latin. Estudiante, no ? dijo ella, sonriendo.

No, soy obrero, casado, tengo diez hijos y mi mujer trabaja en un bar, te gusta la historia ?, respondi sin ganas de hablar más con ella. Y porqué tendria que gustarme a ver ?, fue su respuesta inmediata.

Al darme cuenta que estaba siendo grosero con esa muchacha tan hecha al ideal que nos habiamos impuesto los pensantes, me presenté, le extendi la mano y ella sonrió.

Hablamos en francés o en español ? me preguntó cómoda. Yo hablo conforme me siento en el momento de expresarme, a veces me resulta fácil decirlo en español pero si quiero darle claridad a mis frases lo digo en francés.

Eres otro teórico ? seguía su ronda de preguntas..No, por supuesto que no, al contrario, soy como cualquiera, no intento teorizar para nadie, sino para mi mismo.

Empezamos a ser nosotros, yo, el solitario de siempre y ella, la eterna investigadora, la que no dejaba de estudiar ningún instante podiamos debatir nuestras ideas, sin molestarnos, sin pelear ni declararnos enemigos.

La primavera también nos trajo un apartamento para vivir juntos, una dirección donde recibir cartas de nuestros paises y vivir libres, sin nadie alrededor, molestando ,como en la résidence universitaire .

Cambiamos los dos un poco, y aceptamos recibir a los comunistas los domingos en notre maison., aunque,estaba seguro, ninguno de los dos teniamos la minima idea de convertirnos en militantes.

Los mirabamos con aprecio por su entrega y esfuerzo por sus ideales y después de sus charlas proselitistas, a veces ella les obsequiaba una campera o un jean, cuando eso podia darse. Yo los comparaba a los evangelistas y Natalia se enojaba mucho conmigo por eso.

Un dia me preguntó si eramos burgueses y le dije no sé tú pero yo no..y nos acusamos el uno al otro de representar a la clase opresora de nuestros paises. Le aclaré que solo era un becario, que a veces enviaba dinero a mis viejos, estaba lejos de ser un burgués o intentar serlo y entonces, me propuso ingresar al partido.

Me negué y ella insistió incansable, sali del apartamento para no discutir sobre eso y ya en la calle hallé a una peruana que yo habia visto antes en la biblioteca, le invité un café y conversamos media hora hasta que Natalia apareció allí mismo y me dijo..Está bien, nada de partidos..ni iglesias.

La presenté a mi paisana que era marxista convicta y confesa, y seguimos hablando sobre la caida del muro…Y me di cuenta que viviamos una primavera roja que no nos dejaba espacio.

Entre el viejo Marx, Jesucristo y los vendedores de periódicos estabamos atrapados sin salida.

 *Del Libro “Primavera roja y otros relatos” de Victor Munguia.


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