Para Elisa

De Victor Munguía

Dicen que llevaba puesto jeans, la camisa a cuadros de franela que siempre le gustaba vestir, y en su mochila sólo hallaron libros que tiraron en la maletera de aquel coche sin placas. Ella no gritaba, parecía memorizar rostros, lugares y el amigo que la acompañaba ya estaba dentro del automóvil, maniatado, muerto de miedo.

He revisado muchas veces los detalles con las personas que fueron testigos de esto y que ubiqué, al oir una conversación en el café donde iban los estudiantes a matar el tiempo en el intermedio de clases. Ya tenía cierta experiencia en mis comisiones y venía preparado para cada entrevista.

En este caso era fácil, para darles confianza a mis prospectos de entrevistados me dí un “look” que se mimetizara en las aulas, usé ropa al estilo de ellos : blue jeans, sweater de alpaca con dibujos y casi me coloco un “chullo”, que es una gorra típica peruana famosa en el mundo, sinembargo rechazé la idea para no parecer demasiado izquierdista.

Eran los tiempos de Fujimori, de persecusiones, matanzas, coches-bomba, policías- secuestradores, ministros corruptos, esposas sacadas a patadas de Palacio, con la prepotencia como arma de gobierno, y una cultura nueva, lúdica, lujuriosa, de perversión que se arrojaba al pueblo a través de los diarios de cincuenta centavos y que nos dimos en llamar “chicha” para diferenciarlos del periodismo que hacíamos en los medios respetables del país, digase El Comercio, La República, Expreso, y pare de contar me decía el Editor con el pecho inflamado.

Mi trabajo en la sección Editorial del periódico había llegado después de mi paso rápido por deportes, policiales, sociales. Estaba en la más alta esfera intelectual de la empresa, compartiendo con gente que me doblaba en edad y querían darme lecciones , hablando siempre de experiencia, parafraseando a sus “favoritos” para lucir cultos. Al comienzo me impresionaba eso, y mi vieja comentaba que así era la vida, que los veteranos tenían que dejarme alguna enseñanza y yo quizá con los años sería como ellos.

Cuando mi mamá terminó de decir esto último me sentí aterrorizado, no yo nunca sería uno de estos viejos patanes y soberbios con ego sobredimensionado. Repasé en mi memoria lo que tenía en este cuarto que había rentado para apartarme de los consejos maternos y ser libre, revisé cada uno de los diskettes que me regalaron los “elefantes blancos” cuando llegué al departamento Editorial, y con el poco sueño que tenía me puse a escribir cada uno de los detalles de mi caso. Releí filosóficamente esto que había escrito hace tiempo en el periódico del colegio :

“Vivimos por la esperanza de despertarnos mañana, del amor eterno, de sentir que existimos realizando nuestros ideales. Creo que la felicidad es estar vivo, poder mirar tu alrededor y respirar, ver como gira el mundo y avanzar, por eso detesto la violencia aún como partera de la historia, no concuerdo que “la sangre es vida” ni me importa ser “recordado por las generaciones por venir”, la cultura de la muerte en la que “el poder nace del fusil” no me ha alucinado y la rechazo, quizá tanto como la voluntad omnímoda de los que acceden al gobierno para masacar al pueblo, robar y deleitarse en las mieles del poder. No soy un anarquista, creo en la vida”.

Mis convicciones son tan fuertes que, sintiéndome alejado del problema subversivo, de la guerra sucia, de los terroristas de ambos lados, me decidí documentar casos de desapariciones en el Perú, y ya tenía un avanze que no habia mostrado a nadie, yo era mi corrector, mi supervisor, mi crítico y mi prologuista.

Este es el caso de Elisa, estudiante de trabajo social, fue secuestrada junto a un amigo al que solo se conoce por el nombre de “Pepe”, apelativo otorgado por las autoridades.
Según mis investigaciones ella estaba en custodia, y sinembargo, horas más tarde en la televisión anunciaban que tres terroristas, un hombre y dos mujeres, habían caido abatidos en un enfrentamiento en Chosica, a la otra chica ni siquiera tenia idea cómo la habían podido detener, el muchacho era “Pepe”, conforme a lo descrito por los testigos.

Comprendí que el sátrapa venía montando una farsa y perpetrando ejecuciones extrajudiciales contra sus enemigos, sintiéndome defraudado por lo que había descubierto y la hipocresía de este “chino” miserable sonriendo en las pantallas, radiante de felicidad. Lo cierto era que el tirano ya no tenía oposición democrática y la dictadura se tornaba más brutal.

Temprano, al día siguiente, pretexté en la oficina, que tenía un trabajo por concluir y me dirigi a la casa de Elisa, según la dirección que tenía registrada en la Universidad, toqué la puerta y me abrió una viejecita, dijo que era su abuela, que la había criado, que no sospechó nunca que ella anduviese en esos pasos y que estaba reclamando el cuerpo de su nieta pero se lo negaban. Me regaló fotos y el diario de la muchacha.

Al regresar a la oficina me dí con la sorpresa que el Director había dejado instrucciones para que me reporte a su despacho de urgencia, y así lo hice. Fue la primera y única vez que tuve una conversación directa con este personaje del que hablábamos mucho y conociamos tan poco.

Su técnica me pareció buena pero anacrónica, habló de mi inteligencia, de los conflictos de ideas que uno tiene cuando es joven, de la herencia que se lleva en la sangre y las obligaciones que eso representa, me hizo sentir mal al recordarme que yo era descendiente de un ex dictador del Perú, y después de todo ese rollo horroroso durante el cual permanecí callado, me confesó molesto que el Ministro del Interior le habia telefoneado para manifestarle que estaban preocupados por mis investigaciones en torno a las actividades de las fuerzas del orden.

El intercedió por mi, me contó. El ministro era su amigo personal y nunca se atrevería a hacer nada contra “su gente”, menos contra un proyecto brillante como era yo, gesticulaba el director, por eso entre ambos habían acordado otorgarme una beca en Francia, con todos los gastos pagados, incluso el boleto de avión.

Partía mañana, intenté decir no, pero el Director se negó a escucharme, te vas en la tarde y yo mismo te acompañaré al avión, aquí tienes todo, la resolución ministerial, los pasajes, viáticos, y tu carta de presentación. Vé por caja y recoje tu cheque, lo abrazé, y al encaminarme hasta la puerta me dijo :”bon voyage, mon ami”, y ví su risa alegre, volviendo a sus tareas, sin preocupaciones. Esa fue mi última mirada a mi centro de trabajo, no me despedí de nadie, dejé mi escritorio y cosas como estaban, incluso un café sin terminar, se lo dije a mamá por teléfono y preparé mi viaje.

Apenas arribé a Paris, y antes de alojarme, quise visitar a César y le pedí al taxista, que me transportara hacia allá, Vallejo, está en Montparnasse con Baudelaire y Sartre, me hablaba demasiado rápido, y me condujo hasta la tumba de mi célebre paisano.

Allí rezé como nunca lo había hecho, con fé, por lo que había dejado, y al recordar a Elisa con su cara bonita en la televisión, me cayeron lagrimas, sentí verguenza de esta sociedad y me sorprendí reprendiéndome a mi mismo, por no adaptarme al statu-quo y pensar diferente a los consejos recibidos por mi madre, “por los elefantes blancos”, el director y el ministro que me posibilitaban estudiar en Europa.

Y avergonzado, juré que enterraría estas ideas y sería lo que mi talento me destinaba, a pesar de todo.

~ por Victor Munguía en mayo 28, 2010.

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